No creo que sean demasiadas las personas que conozcan que en el barrio madrileño de Aluche se sitúa un Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE). Su nombre lo dice todo. Lo de centro de internamiento suena no a cárcel, sino a algo mucho más grave. Suena a campo de concentración. Suena a un recinto situado al margen de la ley y de la justicia, un lugar donde todo está permitido, donde todo vale.
Oficialmente los CIE, que dependen del Ministerio del Interior, tienen como función alojar a inmigrantes sin papeles que han cometido una falta administrativa o un delito durante un máximo de 60 días antes de que sean deportados o expulsados de nuestro país.
Sin embargo, son muchas las ONG que han denunciado en repetidas ocasiones que estos centros no cumplen con esta función, ya que la mayoría de los internos no son finalmente expulsados de España, sino que vuelven a la calle sin que nadie les pueda devolver los 60 días en los que no han tenido libertad. Asimismo, denuncian el trato inhumano que reciben en estos centros que funcionan como una cárcel y no como una comisaría de corta estancia, que es para lo que fueron creados.
Ayer domingo este Centro de Internamiento de Extranjeros del barrio madrileño de Aluche vivió una intensa jornada en la que familiares y amigos de los internos se manifestaron en la puerta de las instalaciones mientras los propios internos protestaban desde sus celdas, llegando incluso a provocar pequeños incendios.
Sin embargo, esta pequeña rebelión o motín no fue más allá, ya que varios agentes de la Policía Nacional evitaron mayores incidentes, y la noticia tampoco ha ido mucho más allá en su repercusión en los medios de comunicación. Está claro que no interesa demasiado ni a demasiados que este tipo de noticia salga a la luz y que se conozca que relativamente cerca de la Puerta del Sol, de la Gran Vía o de la Plaza Mayor existe un Centro de Internamiento de Inmigrantes en el que la ley, la justicia y los derechos humanos brillan por su ausencia.
Fuente | La Razón


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